Escudo de Armas de san Luis Potosi

Escudo de Armas de san Luis Potosi
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Mi unico fin es difundir las aspectos importantes de San Luis Potosi

Antes que nada, gracias por acceder a este espacio que tiene la finalidad didactica de difundir y recopilar trabajos que otros autores an realizado, con el objeto de facilitar a los escolares y personas que les agrade la historia de San Luis Potosi, conocerlo a plenitud a travez de la red de redes .
Agradezco de antemano el esfuerzo de las personas que realizaron las investigaciones correspondientes y "Todas las ilustraciones que puedan aparecer en esta pagina, son unicamente con fines informativos y pertenecen a sus autores. "

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sábado, 5 de junio de 2010

Leyendas potosinas

LA MALTOS:
Una de las leyendas clásicas más apasionantes de México, es sin duda ésta cuyos hechos se desarrollaron en la muy leal, noble y aurífera ciudad de San Luis Potosí.

Desde su fundación ha sido un lugar de población numerosa, porque a raíz del descubrimiento de las minas de San Pedro muchos buscadores de oro llegaron atraídos por tal acontecimiento. Era una abigarrada población en la que había personas de todas clases socioeconómicas, pero se distinguían básicamente dos: los patrones de hacienda y los peones, servidores, que a veces llegaban a ser esclavos.

En el sitio que hoy ocupa el magnífico edificio Ipiña había un pequeño manantial; como el agua ha sido en San Luis un líquido muy preciado, alrededor de dicho manantial germinó una enorme huerta, donde se erigieron diversas construcciones coloniales: cuartos amplios, alta techumbre, corredores. Una de esas casas precisamente se destinó para recluir, aunque de manera provisional, a las personas que tenían la desventura de caer en manos de los inquisidores donde eran interrogados, torturados y por fin recibían la sentencia que les aplicaban por herejía, lectura de libros prohibidos, prácticas de sectas religiosas y hechicería.

Una mujer de muchas agallas, conocida como La Maltos, tuvo su residencia oficial en la casa que acabamos de referir. Se decía que dicha mujer practicaba la brujería, espiritismo, magia negra y otras costumbres que hoy no son perseguidas. Por paradójico que parezca, La Maltos llegó a obtener mando de inquisidora lo que en aquellos tiempos significaba tener mucho poder, tanto, que a cualquier persona que esta mujer quisiera perjudicar, bastaba que la acusara de alguno de esos delitos tan perseguidos para hundirla, ya que sin más investigación, se le aplicaba tormento y muchas veces era deportado o se le mataba en las mazmorras de dicho edificio; es decir, como también ocurría con la Inquisición en la capital.

El solo nombre de La Maltos infundía pavor, pues interrogaba a los reos con lujo de crueldad y gustaba de sacrificar personalmente a sus víctimas. Como además sabía malas artes, decían que tenía pacto con Satanás; en fin, era una mujer diabólica. Por todo eso la gente le temía, aún los políticos y personas de renombre, quienes preferían tener amistad con ella en lugar de tenerla como enemiga, porque ya fuera en forma de acusación o por sus brujerías, estaba en condiciones de perjudicar a quienes ella quisiera.

Se dice que hacía aparecer en el interior de sus aposentos caballos negros, perros descomunales y hasta lobos, así como carretas tiradas por caballos. Se cuenta que solía salir por las calles de la ciudad a horas altas de la noche en un carro tirado por dos briosos caballos, lo cual hacía de la siguiente manera: en el muro de su habitación dibujaba un coche tirado por dos enormes caballos negros, se colocaba en el supuesto asiento delantero empuñando simuladamente las riendas, pronunciaba unas palabras cabalísticas y ordenaba a los caballos arrancar; entonces cobraban vida, carruaje y corceles, mismos que en forma estrepitosa salían a rodar por las empedradas calles de la ciudad, sacando enormes chispas de fuego: recorría los caminos envuelta en llamas y la gente decía santiguándose: "Allí va La Maltos, la mujer infernal, la bruja".

Sus fechorías no tenían freno, a tal grado que se complacía en destruir a altas personalidades. Al fin La Maltos cometió un error grave de funestas consecuencias; ocurrió que se extralimitó en una ocasión al sacrificar a dos personas de mucha influencia política y económica.

Entonces el alto mando inquisidor dio orden de arrestarla y enviarla a presidio a la Ciudad de México. La policía rodeó la casa donde vivía La Maltos, las autoridades entraron a capturarla, nada podía hacer que escapara de aquella sentencia; entonces se refugió en el último reducto que era su amplia habitación; pero hasta allí llegó un jefe de la policía acompañado de dos subalternos; la inquisidora destronada no tuvo más remedio que entregarse humildemente diciendo:

- Ha llegado la hora de perder, no puedo resistirme ante la fatalidad, aunque mis poderes no se han menguado, pues cuento con facultades que me han otorgado los dioses y está en mi mano destruirlos en este momento, si así fuesen mis deseos; no obstante debo obedecer los mandatos de fuerzas superiores y me entrego a vosotros. ¿Puedo pedirles un último favor, una gracia? Al ver la tranquilidad de la reo, quedaron asombrados los hombres que iban con la misión de aprehenderla y el Jefe de Policía contestó:

- No es culpa nuestra, nosotros sólo obedecemos órdenes superiores y créame que en estos momentos quisiera no ser yo el que ejecutase esta orden: mas me ha tocado en suerte venir a realizar algo que no quisiera, presentarla ante la justicia mayor, para que sin duda se cumpla la sentencia a la que habéis sido acreedora.

- Nada temáis y no os preocupéis por mí; no cobraré venganza contra vosotros, pero ¡ay del que haya sido causante de mi mal! Tendrá que arrepentirse mil veces; en fin, llevad a cabo vuestra tarea; el tiempo apremia. Mas cumplidme sólo éste último deseo: quiero dejar aquí, en éste salón, un recuerdo imperecedero; haré un hermoso dibujo.

La hechicera, con el dedo índice de la mano derecha, trazó en la pared primero los contornos de una carroza, luego las ruedas, la portezuela y dos grifos gigantescos que la jalaban; al conjuro de unas palabras cabalísticas, la carroza parecía moverse.

Sonriendo, La Maltos volteo hacia sus aprehensores diciéndoles: "Os invito a que viajéis conmigo por lo ancho y largo de los continentes conocidos". Ante la mirada estupefacta de los hombres armados, que permanecían como clavados en el piso, subió ágilmente y la carroza se fue perdiendo en un horizonte sin límites.

Salieron despavoridos el jefe policiaco y sus ayudantes a narrar lo acontecido pero, por supuesto, nadie les creyó. Lo cierto es que nunca más se volvió a saber de La Maltos.

La Planchada o Enfermera elegante:
Esta leyenda, cuyo título podría ser también el de “La Enfermera visitante“, hace recordar a muchos potosinos episodios de misterio, originados hacia finales del siglo antepasado.

El antiguo Hospital se encontraba entre los barrios de El Montecillo y de San Sebastián, cerca del costado sur del Templo de San José (en la cuidad de San Luis Potosí, México). Cuenta la conseja que en dicha institución entró a formar parte del personal una enfermera llamada Eulalia, de buena presencia, quien desde luego dio muestras de profesionalismo y diligencia; por lo tanto, se captó la simpatía y el aprecio del personal médico y administrativo.

Eulalia repartía su tiempo entre su trabajo en el hospital y en atender a su familia que consistía en su madre y dos hermanos menores. Llevaba una vida tranquila, sosegada y, al mismo tiempo, activa; nada perturbaba el horizonte de esta eficaz mujer, hasta que un día ingresó al hospital un joven médico, apuesto, de nombre Joaquín. Era costumbre en el Hospital que cuando llegaba un nuevo médico, el Director reunía al personal para presentarlo; ese día Eulalia estaba atendiendo a un paciente, mas hubiera podido dejar su trabajo un momento, suficiente para ser presentada al recién llegado, pero no quiso asistir al llamado del Director. Al anochecer, cuando llegó a su casa, refirió a su madre:

- Hoy llegó al Hospital un nuevo médico; aunque no lo conozco ya me imagino que es uno de esos recién salidos de la escuela, fatuos y orgullosos, que ven a una como inferior; pero ya verá…. ya verá….

- Hija, es la primera vez que te oigo hablar así ¿te ha ocurrido algo?

- No, nada, nada en realidad; bueno, he tenido algunos contratiempos sin importancia.

Al día siguiente, Eulalia fue solicitada para auxiliar al nuevo médico, en la extracción de una bala de la pierna de un herido. Desde el primer momento en que la enfermera vio al doctor, quedó prendada de él, a grado tal que no acertaba a darles los instrumentos debidos. A medida que pasaba el tiempo, ella se enamoró apasionadamente del galeno, en cambio él no mostraba el mismo interés. Sin embargo, pasados algunos meses, Eulalia y Joaquín se hicieron novios. Ella sintió que por fin se estaban realizando sus aspiraciones, se veía feliz y en torno a ese amor giraba toda su existencia, pero él no mostraba la misma pasión que ella. Los años transcurrían y en el Hospital continuaban de novios el médico y la enfermera.

Un día de tantos, dice Joaquín:

- Eulalia, estoy invitado mañana a una recepción; no tengo ropa adecuada pero un colega me la va a prestar; como tú sales antes que yo hazme un gran favor: te llevas la ropa a tu casa y si me lo permites, allí me cambiaré. ¿Te parece bien?

- Con todo gusto lo haré Joaquín; vas a ir a tu recepción hecho un príncipe, te verás muy guapo.

Como acordaron, al día siguiente Joaquín llegó a la casa de Eulalia; ya vestido en traje de etiqueta, charla un rato con su novia y, al despedirse, le dijo:

- Olvidaba decirte que asistiré a un seminario de medicina interna; será cuestión de unos quince días.

Pasó algún tiempo que a la enfermera se le hizo eterno, sin recibir noticias de su novio. Un día, un empleado del Hospital que anteriormente la cortejaba, le declaró su amor pero Eulalia le contestó:

- Soy la prometida del doctor Joaquín, no creo que usted lo ignore.

- Pero Eulalia, su doctor tardará mucho tiempo en regresar de su viaje de bodas; ¿no sabía usted que se casó en la fecha que renunció a su trabajo en este Hospital?

Eulalia jamás pudo recuperarse de la decepción que le causó el engaño, por más que se decía a sí misma: “debía darme cuenta que él nunca me quiso de verdad; no debo abatirme”. Pero lo cierto es que siempre sufrió por el perdido amor, aun cuando tanto su trabajo como atender su casa, absorbían la mayor parte de su tiempo. Jamás volvió a enamorarse de otro hombre, ni tuvo novio alguno; siguió dedicándose a su profesión, pero ya no era la misma enfermera activa, dinámica, capaz. Se dice que descuidaba a los enfermos, que se volvió demasiado estricta con los demás, que se llenó de amargura. Llegó a tal punto su indiferencia, que aun dentro de su turno desatendía a los pacientes y en más de una ocasión, algunos murieron por su negligencia.

Años después se inauguraba un flamante hospital con el nombre del Dr. Miguel Otero, en la que hoy es Avenida Juárez; a este hospital pasó la mayor parte del personal del antiguo Hospital Civil; entre ellos estaba Eulalia. Transcurrió el tiempo y la enfermera Eulalia, tras una penosa enfermedad, murió en el mismo hospital donde trabajaba.

Se cuenta que en este hospital se aparecía una enfermera pulcramente vestida de blanco y que de vez en cuando, atendía pacientes.

Mucho después se fundó en la ciudad el Hospital Central Dr. Morones Prieto, al cual pasó parte del antiguo personal del Hospital Miguel Otero.

Una mañana entra una de las nuevas enfermeras al cuarto de un paciente y lo saluda:
- ¿Cómo esta? ¿Cómo pasó la noche?
- Bien, gracias a Dios y gracias también a la enfermera que además de darme la cucharada, me dio el elixir que me hizo mucho bien.
- ¿Y a qué hora sucedió eso? – preguntó extrañada la enfermera.
- Como dos horas antes de que usted llegara.

Aun cuando la nueva enfermera sabía que no podía ser, nada dijo al paciente; salió del cuarto a continuar su trabajo. Otro día uno de sus pacientes le dice:

- Anoche me dolió mucho la cabeza, pero una enfermera me dio una pastilla y se me quitó el dolor como por encanto.
- Ah, ¿Sí? ¿Cuándo le dieron la pastilla?
- Tal vez en la madrugada.

A la hora de comer, quería comentar esto con la enfermera Elena Wong Rivas, amiga suya, quien con mucha naturalidad le dijo:

- Ah sí. Seguramente es “La Planchada”; le decimos así porque siempre anda muy almidonada, con la bata bien planchada, jamás se le arruga no se le ensucia, sí, también se aparece en los pasillos y se introduce en los cuartos de los pacientes. Una vez, en un cuarto donde había pacientes, ahí en la sección de mujeres, yo debía inyectar a una de ellas; mi sorpresa fue grande cuando me dijeron, al preguntar por qué estaba dormida una de ellas:

- La acaban de inyectar, un poco antes de que usted entrara.
- ¿Quién la inyectó?
- Una enfermera vestida de largo, son su ropa bien almidonada.

La nueva enfermera siguió con la duda, aunque su amiga le había referido que se trataba de La Planchada. Estaba verdaderamente intrigada, hasta que al fin pudo platicar ampliamente con otra amiga suya, la enfermera Conchita Armendáriz Hernández; tras de contarle sus experiencias en relación con la enfermera fantasma, Conchita le dijo:

- Pues sí es verdad, yo la he visto y algunos médicos también. Figúrate que un día llegó un Doctor nuevo, joven distinguido y de porte aristócrata, quien a salir de su consultorio, nos encontramos en el pasillo y me dijo:
- ¿Quién es esa enfermera que entró a mi consultorio sin mi permiso, se sentó frente a mi escritorio saludándome y llamándome por mi nombre?
- Como ve, no hay nadie, Doctor. Pero no se preocupe, es La Planchada.

En el Hospital Central “Dr. Morones Prieto”, se han acostumbrado a ver deambular por los pasillos, o saber que ha entrado en los cuartos de algunos pacientes, a una enfermera con su vestido largo blanco, impecable y almidonado. Nadie duda que alguna vez haya asistido como ayudante en las operaciones que los nuevos médicos practican en el quirófano; ese sitio que en el antiguo Hospital donde trabajó Eulalia, se llamaba “ Sala de Operaciones”.


La Llorona:
la Llorona
Allá en los remotos tiempos de principios del siglo XVIII los ríos eran caudalosos y permanentes, como el río de Santiago y el el río Españita; muchas eran las circunstancias a las que se debía los caudales de agua, tales como que las lluvias eran constantes, en cada temporada, la flora era exhuberante, y no había presas que contuvieran el vital líquido. Cuando se rebosaban los rios, la ciudad se inundaba, llenándose las corrientes naturales que eran tres principales, la de San Miguelito, la de San Sebastián y la llamada corriente; estos desbordeamientos hacían intransitables las calles. Los minerales de San Pedro eran traídos a la ciudad donde se beneficiaban; los residuos o jales formaban montículos en diferentes partes, esto hacía más problemática la inundación porque impedía el paso regular de las aguas, agregando a esto, la circunstancia de que por entonces no había drenajes. Los minerales de Cerro de San Pedro estaban en auge y como llegaban muchos buscadores de oro, el comercio era próspero. Las autoridades dispusieron el arreglo de dos principales corrientes, una de ellas venía por el suroeste y formaba permanentemente lo que se llamaba Los Charcos de Santana.

Por aquellos tiempos llegó a San Luis una bella mujer, se decía que procedente del Real de Charcas, a quien sus padres habían querido educar en la mejor Escuela del lugar; que era de muy buenos modales; dada su singular belleza y su bien formada educación pronto fue cortejada por muchos galanes, de tal manera que pronto contrajo matrimonio con el hijo de un próspero minero. No obstante su nuevo estado, seguía siendo cortejada por hombres que no dejaban de admirar su belleza, y así un dia cedió a las propuestas de un apuesto galán.

Cuando el esposo se enteró quiso vengar la afrenta y con ese proposito llegó a su casa en el momento en el que se encontraban juntos los amantes, pero ella en un momento decisivo mató a su esposo y al amante deshaciéndose de los dos. Huyendo de la justicia llegó a San Luis donde se dedicó a la vida galante. Poco tiempo después le nacieron dos bellos gemelitos, que ella cuidó con esmero hasta la edad de un año, tiempo en que se dio cuenta que mucho le estorbaban y en más de una ocasión pensó en deshacerce de los pequeños.

Por fin un día en que el calor era sofocante, se fue a bañar a Los Charcos de Santana llevando consigo a los dos niños; una vez dentro del agua los soltó, llevándoselos la corriente, inmediatamente se arrepintió y quiso salvarlos pero ya no le fue posible y ella misma estuvo a punto de ahogarse; gritaba pidiendo salvaran a sus hijos pero sólo pudieron salvarla a ella, a quien sin sentido se la llevaron al hospital.

Cuando volvió en sí pedía a gritos, desesperada, como loca, le salvaran a sus hijos; por fin, ya restablecida se pasó el resto de sus años buscando en Los Charcos de Santana, en las corrientes, en el río de Santiago a donde desembocan todas las corrientes de San Luis, siempre buscando a sus hijos, culpándose de haberlos ahogado. Esto dice la historia, y la leyenda sigue.


La leyenda de La Llorona es de tradición nacional; forma parte de nuestro folklore y tanto en México, Capital de la República, como en casi todas las provincias del País, tienen una versión particular de esta leyenda. Con frecuencia los hechos de este personaje se desarrollan en las cercanías de un rio, o de una laguna, o en un día de lluvia; el caso es que siempre hay agua de por medio. Esta Llorona difiere de las demás en algunos aspectos, por eso es nuestra Llorona Potosina.

Por calles estrechas de la ciudad, apareció una mujer con albo vestido y manto; al caminar dejaba una estela que emanaba reflejos luminosos. Deambulada generalmente después de las doce de la noche, aunque no siempre como fantasma, porque cuando se dejaba ver, normalmente tenía todo el aspecto de una persona común y corriente, si bien no era usual que una dama caminara sola a esas horas. Los caballeros noctámbulos la saludaban y ella contestaba con gracia, siguiendo apresurada su camino.

Dicen los que dicen que conocieron a los que dicen haber hablando con los que la conocieron, que tenía un rostro hermoso y melancólico. Tiempo después de que pasaron ciertos acontecimientos que diremos en el curso de esta narración, se llegó la conclusión de que ella era una persona conocida en ciertos círculos sociales con el nombre de Lucía, ya que de día visitaba a personas amigos que sospechaban que era la Llorona. Ocurría la coincidencia que siempre que esta mujer paseaba por las calles hacia al rio Santiago en las orillas de la Ciudad, se oía el prolongado y lastimado grito de ¡Aaaayyyyyyy mis hiiiiiijjjooooossss…! Una y otra vez. Al día siguiente la gente comentaba: “ Que cosa más curiosa y casual, anoche encontré por una estrecha calle del rumbo de Santiago a Lucía y al perderla de vista escuché un llanto semejante al que dicen que hace la Llorona”. Y otras personas comentaban “Yo también escuché un lamento”, Yo también… esto sucedía con bastante frecuencia.

Cierta vez en la que se organizó una tertulia en la casa de la familia Zarzosa donde se habían reunido varias amistades, estaba también Lucía; se veía contenta, hasta risueña, no obstante algo extraño reflejaba su rostro, algo como una preocupación o un lejano recuerdo que la entristecía. Iba sola, como siempre que asistía a cualquier lugar; no se le conocía pariente alguno, vivía sola en una casita en los aledaños del barrio de Santiago al norte de la ciudad, muy cercana del rio del mismo nombre. Nunca se supo el origen de Lucía; era una mujer joven y bella, envuelta en un bajo misterio; ella nunca habló de su procedencia, tal vez porque nadie se lo preguntó.

Eran las doce de la noche, muy tarde para aquellos tiempos en que la gente acostumbraba a recogerse temprano, quizá porque las calles no estaban iluminadas como ahora y la vida era lenta y tranquila. Lucía se despidió de las personas reunidas en la tertulia. No bien había salido de la casa cuando se dejó oir un lamento largo, tenebroso clamando por sus hijos. Todos los que permanecieron en la casa referida quedaron como petrificados, paralizados por el terror; hubo un largo silencio. Cuando pasó el pánico y volvió la tranquilidad algunos comentaron “y la pobre de Lucía se fue sola”… Alguien dijo en tono de broma: “¿No será ella misma la Llorona?” Todos se rieron porque el chiste les hizo gracia, menos una mujer que tenía dotes de clarividencia y que ya había notado en Lucía algo extraño, algo que le hacía sentir como que no perteneciera a este mundo, que aquí estaban purgando una pena. La clarividente sabía que Lucía bien podía ser la mismísima Llorona.

Una noche cerrada, en que no brillaban las estrellas, una de esas noche en que el frio es intenso y la lluvia pertinaz, asistió Lucía a una de esas acostumbradas tertulias provincianas, amenizada con piezas de violín, piano, cantos; nutrida con exquisitas viandas y endulzada con variados postres. Un elegante joven, ataviado con traje de fina procedencia inglesa, vio a Lucía por primera vez y quedó impresionado ante su extraña belleza, cuyo rostro resaltaba emergiendo de un ropaje coloreado en varias tonalidades de azul cobalto envuelto en una capa tornasol bordada con perlas. El joven elegante miraba demasiado extasiado aquella belleza etérea.

Llegó el momento en que Lucía debería retirarse, él se ofreció para acompañarla a su domicilio, a lo cual accedió ella después de insistentes ruegos tanto del joven como de los anfitriones. Subieron al coche tirado por un caballo y tras de caminar un rato, cuando se oyeron sonar a lejos doce campanadas, Lucía dijo de repente: “aquí me bajo, alguien me espera“; Y sin hacer parar el coche bajó de él y tendió un vuelo tenue, con su vestido luminoso, casi pegado al suelo. Enseguida se escuchó el grito lastimero:


aaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyy
mis hiiiiiiiiiiiiijjjjjjjjjjjjjjooooooooooosssssssssssssssss…!


Que se perdió en la distancia, en medio de la lluvia nocturna.

El joven quedó paralizado de miedo, después dio un fuerte chicotazo al corcel y a carrera tendida se alejó de ese lugar. Contó a todos lo acontecido, unos le creyeron, otros no, pero la verdad es que Lucía jamás volvió a aparecer por ningún lado.

La dama que visita los 7 templos:
Se cuentan muchas historias. Cosas que pasan en las calles viejas y en el panteón viejo de San Luis Potosí. Sobre todo la leyenda de la dama del taxi. A decir verdad se le conoce de diferentes formas a esta leyenda.
Cuenta la leyenda que una madrugada a un taxista le hizo la parada una mujer justo afuera del pateón del saucito (el panteón mas viejo de San Luis). A el taxista se le hizo raro que a esas horas estuviera una mujer sola y por esos rumbos, asi que la subio.
Ella le pidio que la llevara a los templos: San MIguelito, San Sebastian, Tlaxcala y otros más. Ella se detenia afuera de la iglesa como rezando. Y terminando el recorrido, le pidió que la llevara otra vez a donde la habia subdo. A el taxista se le hizo muy raro, pero asi lo hizo. Ya estando fuera del panteón, ella le dio una medalla de oro y una dirección diciendole que fuera a cobrar por el recorrido a la persona que le abriera.
Ya de mañana el taxista, así lo hizo, toco a la puerta lo atendieron, el explicó que una mujer le habia pedido ese recorrido por las iglesias, después le dio la dirección y la medalla, diciéndole que con esa medalla ellos sabrían de quien se trataba y que pagaría. Pero la persona que lo atendió le dijo que no podia ser posible pues ella ya habia muerto.
Nunca se ha podido saber si esta historia fue del todo real, pues el taxista mencionado, después de eso cayó enfermo y murio al poco tiempo. Pero de que es una historia muy sonada sobre todo entre los taxista lo es y la verdad que pasar por el panteón en las madrugadas es para poder creer tanto esa como otras historias más que se cuentan.



LEYENDA DE JUAN DEL JARRO:
Eran aquellos románticos tiempos de mediados del siglo XIX cuando por las rúas de la capital sanluisense se escuchaba el trotar de los caballos enjaezados, tirando de lujosas carretelas sobre las que paseaban damas de alta alcurnia acompañadas de gentiles caballeros. Cuando las damas elegantes bajaban de los carruajes, el lacayo, ataviado con traje de librea, sombrero de copa y guantes blancos, ceremoniosamente abría la portezuela adornada con los escudos heráldicos de sus acaudalados poseedores; entonces los caballeros tendían su galante mano, para que las manos delicadas que despedían aromas de sutiles perfumes de Francia, sujetáranse y sus dueñas pudieran apearse sin tropiezo.

En tanto se sucedían estos momentos tranquilos, corrían de boca en boca por la ciudad las violentas noticias de que por los caminos carreteros, (llamados así porque por ellos transitaban carretelas tiradas por caballos o acémilas), una diligencia era asaltada por malhechores, ya fuesen estos los Capablanca, los Diezgutiérrez u otras gavillas que merodeaban los caminos para desvalijar las conductas, así llamadas porque conducían cargamentos de oro y plata con destino a España, embarcados en Tampico. El paso obligado hacia el puerto era Ciudad del Maíz, importante Municipio potosino que llegó a tener Casa de Moneda y de donde es originario el que fuera Presidente de México en el año 1835, Don Miguel Francisco Barragán.

Pues bien, Juan del Jarro, a quien me refería al principio, surgió en los tiempos del romántico y violento San Luis Potosí. Hurgando entre los vendedores de antigüedades y vejestorios, conseguí una descripción vivida de tan singular personaje.

Se le veía deambular por calles y plazas con actitud de mendigo, si bien su indumentaria no era lo que se dice andrajosa, aunque sí desaliñada. Usaba un sombrero de copa muy alta y ala corta, una camisa de lana gruesa con cuello que hoy sería tipo Mao, pesada chaqueta con botones y solapa angosta, pantalón holgado sostenido por tosco cinturón de cuero. El jarro, al que alude su nombre y por el que fue siempre identificado, no era precisamente un cántaro de barro, sino que se trataba de una especie de olla de lámina, recubierta con malla de palma tejida, semejante a un cesto con asa, que portaba en el brazo derecho y además traía siempre terciada al hombro; en suma, era una especie de cantimplora gran de, seguramente para que no le faltara agua en sus largas caminatas. Tenía un agradable rostro apacible y su edad frisaba entre los 28 y 35 años.

Juan del Jarro, el limosnero de los pobres, el pordiosero, el mendigo, el que pedía ropa, dinero y alimentos, para llevar a los pobres, a pesar de su notable humildad y aspecto de limosnero, poseía una personalidad vigorosa, proyectada en su mirada penetrante aunque dulce; de léxico sencillo que destilaba filosofía y, sin ser un religioso predicador, es evidente que era un iluminado, un visionario, un hombre de Dios; quiero decir con esto que una vibración divina emanaba de él, porque Juan del Jarro predecía el futuro de los acontecimientos hasta con siglos de distancia. También adivinaba sucesos de cumplimiento inmediato, que eran los que más impresión causaban porque se podían constatar en el momento. Narraré los hechos que más recuerda el pueblo potosino.



El Padre Jerónimo Buendía, oficiaba en el Templo de Tlaxcala, quizá el primero construido en esta ciudad por frailes franciscanos. En una de tantas veces en las que Juan iba por limosna o simplemente a charlar con el sacerdote, éste, que no pasaba de los cuarenta años y que se encontraba rebosante de salud, habló a Juan en los siguientes términos:

—Oye Juan, he pensado que sería bueno que dejaras de andar en las desastrosas condiciones en que te encuentras; yo te daré ropa y asilo para que no tengas necesidad de pedir limosna; en cambio tú me pondrás en guardia de los acontecimientos que estén por venir y que de alguna manera pudieran afectarme; esto me prevendría y yo tomaría las precauciones necesarias. Por otra parte, aquí no te faltaría qué hacer, tengo proyectado efectuar un viaje y a mi regreso establecer ciertos negocios propios de mi ministerio, en éstos apreciaría tu ayuda que, desde luego, sería remunerada. ¿Qué dices?

—Padre Buendía, en esta ciudad hay muchos pobres, creo que hay mil pobres por un rico y ellos esperan la limosna que les llevo y la ropita que las buenas gentes me dan; es por esta causa por la que no puedo aislarme en su parroquia, aunque le agradezco su caridad.

—Pero Juan, si tú eres mucho más pobre que aquéllos a quienes llevas el socorro.

—Sí Padre, mas como ellos no saben pedir, yo pido en su nombre y así seguiré mientras el buen Dios me lo conceda. Pero borre usted de su mente el proyectado viaje y no piense en establecer negocios, porque dentro de tres días estará usted dándole cuentas al Creador.

Se escuchó una sonora y alegre carcajada del Padre Buendía.

—Pero si estoy rebosante de salud, jamás he tenido el menor achaque y además no pienso morirme tan pronto; ahora sí fallaste en tus pronósticos, mas no por eso te voy a negar la limosna acostumbrada; ve con Dios y que El te bendiga.

Tres días después los habitantes del poblado se conmovieron ante la fatal noticia de la muerte del Padre Buendía. Juan del Jarro asistió a la Misa de Réquiem del Siervo de Dios, quien podando los rosales del jardín del curato, el inocente piquete de una débil espina le ocasionó un mal que la gente llama de arco: el virus del tétanos iba con el estiércol del abono.

Mucha gente se burlaba de Juan el taumaturgo. En una ocasión en que se construía una de las pocas casas de dos pisos que por entonces se levantaban, y que hoy ocupa un conocido hotel en las calles de Iturbide, uno de los jóvenes albañiles que estaba trepado en un alto andamio, le gritó en son de burla:

—Oye Juan, dime cuándo me voy a morir, para hacer mi testamento, porque te quiero dejar la mitad de mi gran fortuna.

A lo que Juan, el pordiosero, le contestó también a gritos, pero con un dejo de tristeza y compasión: —Ya no tendrás tiempo de hacer testamento alguno, porque estás agonizando.

No bien acababa de decir Juan del Jarro estas palabras, cuando dio un traspiés el albañil y cayó de tan gran altura que, por supuesto, encontró una muerte instantánea.

Otra de las cualidades de nuestro héroe, es que era todo bondad, al mismo tiempo que ingenuo, sin intenciones de malquistarse con nadie, como corresponde a un hombre con las virtudes y videncias con que la naturaleza lo dotó. Cuando le hacían preguntas capciosas o con el único propósito de burlarse de él, Juan contestaba según los dictados de su poder intuitivo y adivinatorio. Ocurrió así que una noche en que andaba por las encrucijadas callejuelas de la zona de tolerancia, en donde era muy solicitado por las mujeres de vida galante para que les dijera algo sobre su futuro, a cambio de lo cual le daban algunos centavos que, como de costumbre, llevaba para aliviar las más ingentes necesidades de sus pobres, como él los llamaba, se encontró de mañosa boca con unos soldados entrados en copas, que pertenecían a las fuerzas acantonadas en la ciudad y que estaban de guarnición, bajo las órdenes del general Vidaurri, preparándose para ir a combatir a los "mochos" que se acercaban pretendiendo tomar la plaza; lo atajaron cogiéndolo de la solapa del saco arrugado:

— ¡Eh, tú!. . . infeliz mendigo, ahora nos vas a decir cuál será el resultado contra las fuerzas reaccionarias ¿les vamos a dar en todita la madre o nos va a llevar la tostada?

El andrajoso limosnero, tras de serenarse un poco y acomodarse el saco estrujado, contestó:

—Señores de uniforme, de galones y charreteras, esta alegría que ahora gozan pronto se tornará en tristeza, porque dentro de pocos días en un lugar a veinte leguas de aquí, habrá un encuentro en donde ustedes serán diezmados, aniquilados, en una palabra mis buenos soldados, derrotados.

Jamás les hubiera contestado en tal forma nuestro humilde y beatífico pordiosero, pues los borrachos uniformados pusiéronse furiosos y lo golpearon a más no poder, dejándolo tinto en sangre, tirado a media calle.

Poco tiempo después, el 29 de septiembre de ese mismo año, 1846, día de San Miguel Arcángel, al enfrentarse las fuerzas de Vidaurri y Miramón en un sitio llamado "Puerto de Carretas", las primeras fueron derrotadas, tal como el profeta Juan lo pronosticó.

Pasados algunos días, uno de los soldados que participaron en la tremenda golpiza que le propinaron al del Jarro, vestido de civil para no ser reconocido y ocultando una herida que ya empezaba a infectarse, se llegó a Juan pidiéndole perdón y le contó los pormenores de la derrota sufrida, a lo que el beatífico taumaturgo contestó:

—Te perdoné desde hace tres días, porque sé que me andabas buscando; ya que estás sanado de la herida del alma, déjame curarte la herida del cuerpo que también te martiriza.

Juan cortó hojas de una planta silvestre que allí cerca crecía, las estrujó en la palma de su mano para molerlas y aplicó esa pasta sobre la herida; minutos después el soldado se curó como por arte de magia.



En cierta ocasión, una dama encopetada llamada Niní

Berlanga, pretendió divertirse con las predicciones del hombre de nuestra historia. Al término de dos días ella contraería matrimonio con un apuesto galán, don David de la Peña; la aristocracia potosina estaba pendiente de tal boda, esperando concurrir para lucir sus galas, que por aquellos tiempos distaban mucho de ser minifaldas, pues había trajes que se llevaban una pieza entera de los más finos brocados importados de Europa, en seda y razo, con encajes de filigrana de oro. Había quienes adornaban sus vestidos con diamantes auténticos y perlas de fino oriente; los vestidos de las damas linajudas, rozaban las alfombras de los salones, iluminados con candiles de cristal checoeslovaco, cuyos prismas centelleaban con mágico encantamiento. Pues bien, la futura novia que miraba la calle asomada por una ventana de su casa, vio a Juan que en ese momento pasaba por allí y le preguntó graciosa pero con sorna, al tiempo que le tiraba una moneda de oro, que por aquellos tiempos era de uso común y corriente:

—Dime cuándo me caso, Juan.

—Niña mía, mis pobres agradecen tu limosna, pero tú nunca te casarás.

Profundamente disgustada, la dama cerró con furia la ventana; contó iracunda a sus familiares lo sucedido; ellos rieron del mendigo juzgándolo como un charlatán.

En esa época las reyertas no tenían semejanza con las de ahora, pues la mayoría terminaban en duelo.

Para despedir de la soltería a don David de la Peña, sus amigos organizaron una fiesta que acabó en farra. Estaban todos entrados en copas, y Tirso Grande, que era uno de los concurrentes, soltó palabras atrevidas sobre la persona de Niní Berlanga, futura cónyuge de David; por supuesto que éste no pudo soportar tal ofensa y al momento retó a duelo a Tirso Grande, reconocido por su certera puntería. Tal duelo fue funesto para el novio, ya que David perdió la vida.

Ese lance conmovió a la ciudad, que enterada de lo ocurrido, al mismo tiempo que lamentaba los hechos, confirmaba una vez más que el mago de San Luis no se equivocaba en sus videncias.



No todo lo que decía Juan, era predicción de muerte y de tristeza; había muchos acontecimientos saludables que advertía a la gente pobre, a los labriegos, a los campesinos, ya que les vaticinaba muchos acontecimientos meteorológicos y de otra índole que les beneficiaba.

Ya hemos dicho que mucha gente adinerada obsequiaba a Juan del Jarro con buenas prendas de vestir, pero él siempre las regalaba a los demás, dejando para sí solamente lo indispensable. Cierta vez un señor de nombre Gabriel Espinosa, le regaló a un humilde trabajador un traje que guardó en un baúl y que nunca usó.

Juan del Jarro el bondadoso, fue a la penitenciaría a visitar a los presos; un hombre pálido en cuyo rostro se asomaba dolor, angustia y miseria, se acercó a Juan diciéndole:

—Notables son los beneficios con que colmas a tus protegidos; mucha gente no cree en tus profecías, pero yo sí creo, por eso quiero pedirte ayuda; puesto que todo lo adivinas, con seguridad tú sabes que estoy aquí injustamente, porque mi poderoso patrón me acusó de haber robado una valiosa joya con brillantes, esmeraldas y rubíes, que dicen vale una fortuna; ya tengo aquí dos años y sabrá Dios cuánto tiempo más, si es que puedo resistir este tormento de saber a mi familia abandonada y yo sin libertad para trabajar y poder probar mi inocencia. Ayúdame, buen hombre, habla con mi patrón, porque a ti te guarda consideraciones; dile por favor que soy inocente.

Juan meditó un momento, miró fijamente el rostro del presidiario y le contestó con estas alentadoras palabras, que el preso recibió con alegría inmensa:

—Tu patrón tampoco en mí confiará, porque sabe que ayudo a los desvalidos; solamente creerá que eres inocente ante pruebas definitivas; pero de todas maneras Anselmo, antes de tres días estarás libre.

El optimismo se reflejó en el rostro del pobre hombre que sabía que de no probar su inocencia, se pudriría en la cárcel.

Al día siguiente Juan se dirigió a la casa de Don Gabriel Espinosa y le dijo:

—Señor, su criado Anselmo Gárate, está padeciendo en la cárcel por una injusticia; él no robó la valiosa joya que se perdió en esta casa.

— ¿Te refieres al peto de diamante, rubíes y esmeraldas? Sospechaba que algún día vendrías con esa embajada; no me duele tanto la pérdida de la joya, que ciertamente es valiosa, sino el haber perdido un buen sirviente, en quien yo confiaba; pero por desdicha nadie más que él pudo efectuar ese robo; eso está comprobado.

—Mire Don Gabriel, tal vez usted no recuerde, pero hace más de un año, usted regaló este traje aun sirviente suyo, traje que jamás usó, guardándolo en un viejo baúl, porque se sentía incómodo al vestir un lujo que a él no le quedaba, pues según sus propias palabras, la gente se hubiese reído de él. Ayer fui al cuartucho donde viven los familiares de Anselmo, me permitieron buscar donde yo sabía y encontré la joya perdida; mire usted, en el mismo lugar donde tanto tiempo estuvo guardada; meta su propia mano en los bolsillos.

Con gran sorpresa, vergüenza y alegría, el señor Espinosa encontró la joya en uno de los bolsillos interiores del saco, así como un documento del cual se había olvidado. No le cupo la menor duda de que él mismo los había puesto ahí tiempo atrás, pues así lo evidenciaba el polvo acumulado en todo el traje arrugado, en el que nadie antes había metido la mano. De inmediato el preso salió libre y nuevamente fue recibido y recompensado en la casa de su antiguo patrón, quien le dio disculpas y de ahí en adelante lo trató con mucha solicitud.



Una leyenda más de Juan del Jarro, es la que a continuación voy a relatar:



Cierto día del mes de enero, cuando en San Luis Potosí hace un frío intenso, Juan del Jarro se llegó hasta la casa de un humilde trabajador, quien al verlo se alegró y le dijo con júbilo:

— ¡Qué te traes por aquí, Juan! Pasa a esta tu humilde casa pues como yo, tú también debes tener mucho frío, y no se siente tanto aquí adentro; el fuego está encendido y tengo algo de comer que bien puedo compartirlo contigo.

Juan aceptó la invitación de Anacleto Elizalde y comió con él y su familia compuesta por la esposa y sus dos hijos; durante la comida todos charlaron amigablemente. Cuando terminaron de comer, dijo Juan:

—Cleto, vengo a que me ayudes con algún dinero para que remedie en parte las necesidades de tanto pobre del barrio del Montecillo; aunque donde quiera hay pobres, parece que allí ha sentado sus reales la pobreza.

—Te vienes a burlar de mí, Juan, o estás de muy buen humor y me quieres hacer reír, aunque ninguna gracia tiene que me pidas ayuda económica conociendo mi extrema pobreza; estoy tan miserable como tus pobres del Montecillo, aun cuando ahora fue buen día porque tuve comida qué compartir contigo.

— Lo sé, —contestó nuestro héroe—, pero dentro de muy pocos días serás más rico que tu patrón, que hoy te tiene trabajando como barrendero, y conste que él tiene la mejor tienda del barrio, además de algunas casas que renta.

—¿Y cómo será que voy a tener tanto dinero?

— No sé la manera, pero tú serás muy rico; para entonces prométeme que me ayudarás.

—Si es como dices Juan, te prometo que te daré la mitad de la gran fortuna que me anuncias.

—No prometas lo que no podrás cumplir, pero sí te pido que me ayudes para mis pobres.

—Te lo prometo Juan, pero te aseguro que me vas a tener sin poder dormir muchos días, pues no veo por qué tendré ese dinero del que me hablas.

Anacleto Elizalde era hijo natural de un hombre muy rico, propietario de una gran hacienda en San Luis Potosí, quien antes de morir había dejado un legado consistente en muchos miles de pesos en oro; dicho hacendado dio la orden de que se buscara a su hijo a quien jamás había vuelto a ver desde que la madre, en un tiempo sirvienta de la casa, había desaparecido con el fruto de su romance. Ya muerto el hacendado, su fiel administrador comisionó a uno de sus confianzas para localizar al hijo de su patrón, a quien una vez identificado como Anacleto Elizalde, le fue entregada la cuantiosa herencia.

Anacleto cumplió la promesa que hizo a Juan del Jarro. Si el barrio del Montecillo se benefició en mucho o en poco, no es el objeto de nuestro relato, sino el puntual cumplimiento de la palabra del profeta de San Luis.



Al buen Juan del Jarro lo asediaban las damas casaderas para hacerle preguntas acerca de su futuro; una vez una bella y distinguida muchacha de la aristocracia potosina, cuyo nombre callo para no inquietar a sus descendientes que aún viven, preguntó al vidente:

—Juan, quiero que me digas si voy a ser casada o me voy a quedar para vestir santos.

—No, bella señora; tú no te quedarás para vestir santos, si con eso te refieres a quedarte soltera toda la vida; tú te casarás, pero aún casada, muchos santos vestirás; mas ten por seguro que tu marido no será el padre del hijo que ya llevas en las entrañas.

Como la pregunta había sido hecha en presencia de numerosas amistades, ya se comprenderá la molestia que causó a toda la concurrencia lo dicho por Juan, a grado tal que por algunos años la dama linajuda abandonó la ciudad a la cual regresó, ciertamente casada y con un hijo que no era de su marido. Pasando el tiempo, el hijo de la dama, ya viuda, se ordenó Sacerdote y ella estuvo encargada del guardarropa de la Parroquia del pueblo al cual fue enviado el Sacerdote por el Obispo de la Diócesis para el desempeño de su ministerio. Ella, confeccionaba los vestidos de los santos.

En la ciudad de San Luis Potosí, como también en sus alrededores, especialmente en la zona norte, siempre ha sido notoria la escasez de precipitaciones pluviales, y la falta de presas para contener el poco líquido que cae en épocas de lluvia; la falta de agua ha sido una constante calamidad para la población. Por estas circunstancias, aún ahora no es posible el establecimiento de grandes factorías.

En aquellos remotos tiempos, el preciado líquido llegaba a la ciudad por el rumbo de la Merced, mediante un estrecho acueducto que iba de un bello paraje a unos ocho kilómetros llamado "La Cañada del Lobo", donde brota un manantial que forma poco más abajo una pequeña laguna azul donde los escolares suelen ir de excursión.

El acueducto, construido de tabique de barro, desciende con suma facilidad, pues empieza su curso desde gran altura; continúa sobre unos pequeños arcos que el pueblo ha dado en llamar "Los Arquitos" y sigue por la lomita hasta llegar a la ciudad, donde por fin el cristalino líquido desemboca en la famosa "Caja del Agua", obra en cantera rosa de la época colonial construida por un famoso Arquitecto, joya digna de ser admirada.

En los tiempos de Juan del Jarro, San Luis Potosí se reducía como casi todas las provincias de la época, a muy poco territorio; los barrios se encontraban aislados del centro de la ciudad. Santiago y Tlaxcala fueron los primeros lugares habitados y, por tanto, los más populosos.

Después de una sequía de varios años, el ganado habíase diezmado y la gente apenas tenía para beber. Entonces Juan del Jarro pronosticó que San Luis se acabaría por una inundación. Los incrédulos se rieron.

Sucede que mucho tiempo después, fue construida la "Presa de San José", hermosa obra orgullo de la ingeniería de la época, adornada en la parte superior por una balaustrada. De la compuerta que casi constantemente está abierta y que desemboca en el canal de distribución, atravesando una serie de escalinatas, el agua brota a raudales y forma una cascada. Al frente de una de las compuertas están grabadas estas palabras: "Dominar las fuerzas naturales es el triunfo del espíritu humano".

Posteriormente, en una angostura que se encuentra siguiendo el curso del río de Santiago, se construyó una represa que, aun cuando no quedó terminada, sí fue suficiente para contener muchos miles de metros cúbicos de agua.

En una temporada de lluvias septembrinas, la represa no pudo contener la avalancha de agua y ocurrió el trágico suceso: Al sonar las once campanadas de la noche del 15 de septiembre del año de 1933, en los momentos en que el Gobernador daba el tradicional Grito de Independencia, la inundación sorprendió a los habitantes del barrio de Santiago, pues la mayoría estaban dormidos. La represa reventó arrasando el poblado, fueron cientos los muertos entre mujeres, hombres y niños. Luto y desolación embargó a Santiago y a toda la ciudad.

Juan predijo "San Luis acabará por una inundación algún día". ¡Sería en esa ocasión cuando se cumplió la profecía!

La pintoresca figura del célebre Juan del Jarro, personaje de los tiempos de la Colonia, es parte de la historia potosina. Son famosos los vaticinios que profetizó durante su vida beatífica y piadosa. Juan, el superdotado de virtudes que sólo les son dadas a los predestinados.

Sin embargo, llegó el día en que Juan murió. Fue una tarde en que su cuerpo físico dejó de existir; dicen que se vio en el cielo una claridad que despedía reflejos brillantes, cuando se eclipsaba una vida que dejaba detrás una estela de luz, de amor, de bondad; luz que jamás se extinguirá porque la gente recordará siempre a Juan del Jarro, tanto que cuando lo fueron a sepultar, el pueblo humilde condujo el cadáver a su última morada terrestre; era una multitud tal, que parecía romería; todos rezaban en voz alta y entonaban cantos religiosos. Mas el descanso mortuorio de Juan fue breve, porque su cuerpo peregrinó por diversos panteones, pues cuando demolieron el pequeño panteón del barrio del Montecillo, donde primero fue sepultado, algunas damas piadosas trasladaron su cuerpo al panteón del Saucito del cual, por causas desconocidas fue robado, dejando únicamente su calavera, misma que una rica familia potosina depositó en una cripta, a la vista de todo aquel que por ahí pasara. Hubo testimonios de que despedía luminosidad, que algunos atribuyeron a la fosforescencia natural del hueso humano; sin embargo, tiempo después fue secuestrada la calavera y el sitio del piso de la cripta donde reposó, aún sigue vertiendo luz, puesto que se observa por las noches una luminosa mancha blanquecina.

En la Cripta de la familia Teissier, en el Panteón del Saucito se encuentra una placa de mármol que a la letra dice: Al Gran Bienhechor de los pobres Juan de Dios Asios, "JUAN DEL JARRO". Nació en Matehuala, S.L.P. falleció en esta Ciudad el 8 de Noviembre de 1855 a los 53 años. D.E.P. San Luis Potosí, S.L.P.

Alguna familia piadosa, ocultó los restos de Juan del Jarro, apóstol del más bello ideal como es el de servir y amar al prójimo. En San Luis Potosí no falta quien todavía lo invoque, solicitando su ayuda para remediar tribulaciones, llevando al sitio donde estuvieron sus restos, flores y lámparas de aceite.

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